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Friday, August 28, 2015

La vida es gracia

La vida es gracia
- Estoy cansado.
- ¿De qué?
- Del ámbito en que me muevo. Toda gente de mierda.
- ¿Te referís es la humanidad, no?
- Veo que te has vuelto cínico…
- Solo observador de nuestra naturaleza humana, -explicó el Maestro.
- ¿Vos decís que no hay gente buena?
-Digo que somos todos seres humanos. Algunos han madurado un poco y hacen menos daño a los demás. Por otra parte, de las pocas cosas de las que estoy seguro a esta altura de mi vida es que no existe una realidad en la que yo soy bueno y la mayoría son malos. Eso no sólo es infantil, sino que no es verdad.
- Pero yo no soy un homicida…
- Es fácil creerse bueno cuando vemos la realidad en blancos y negros. ¿No tenés pecados?
La pregunta del Maestro lo desacomodó. Después de un breve silencio, dijo:
- No podés comparar…
-…Porque son los tuyos. Los pecados de los demás son siempre peores.
- No soy corrupto, no soy infiel, no  hago mal a nadie…
-¿Tan seguro estás que no hacés mal a nadie?
El silencio volvió a apoderarse del ambiente.
Para facilitar el diálogo, el Maestro optó por continuar.
- En el texto de la Biblia en donde iban a apedrear a la mujer adúltera, cuando Jesús intervino y los desafió con la célebre frase de “el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”,  los primeros en retirarse fueron los ancianos.
- ¿Y qué me querés decir?, -preguntó el discípulo con algo de mal humor.
- Que es natural que haya ocurrido así. Las personas mayores somos más conscientes de lo pecadores que somos. La infinita capacidad de manipular y de mentir. La corrupción estructural; las tentaciones que siempre están a la vuelta de la esquina y en las que uno puede caer en cualquier momento.
- Yo no soy corrupto, ni manipulador, ni me siento así.
- Sos lo suficientemente inmaduro como para no registrar tu propia oscuridad.
- ¿Acaso no hay personas luminosas?
- Sí, pero no son perfectas. Y también cometen barbaridades. Aquellos que intentaron hacer de esta tierra un paraíso son los que la convirtieron en un infierno. ¿O pensás que las personas más monstruosas y deformadas no tienen una justificación y un sentido en su obrar? Hitler estaba convencido de que existía una raza superior, a la que él obviamente pertenecía. Y quería eliminar a todos aquellos que a su juicio eran imperfectos… No hace falta recordar las consecuencias de su conducta…
- Honestamente no me siento alcanzado por lo que decís.
-Tenemos muchos pecados. Y todos podemos perdernos, y extraviarnos muy mal en cualquier momento. El primer signo de madurez y sincera humildad es tomar conciencia que uno siempre está a punto de perderse.
-¿A qué llamás perderse?-A equivocar el camino. Nuestro egoísmo, nuestro individualismo, hasta nuestro instinto de supervivencia nos alejan del camino.
-¿A qué camino te referís?
-Del de la verdad, del bien, lo que es bueno.
-Estás más místico que nunca…
-En el fondo a todos nos ha faltado amor, y nos pasamos la vida tratando de ser mirados por todo el mundo, tratando de ser importantes, de acumular dinero o poder, de salvarnos… ¿De qué intentamos salvamos? Del destierro afectivo, de que no nos miren, de que no nos quieran…
El discípulo permanecía en silencio.
-Hasta cierta edad, pensamos que podemos eliminar nuestros pecados y vulnerabilidades solo por decreto. Que basta una orden de nuestra mente para que desaparezcan. A los veinte años entramos en una primera madurez al registrar que nuestra voluntad no lo puede todo. Y así seguimos con algunas pocas crisis grandes durante una o dos décadas. Finalmente un día nos damos cuenta que muchas de esas cosas que corregimos están ahí. Presentes e incólumes o reprimidas y acechantes. Pero no se corrigieron. Hombres que se quieren acostar con cuanta mujer se les cruza. Mujeres que aspiran a lograr una seguridad o un amor perfecto que ellas mismas no tienen. Personas que quieren confort o reconocimiento o cambiar una vida que los tiene aburridos o secretamente deprimidos porque no va a ningún lado… Todo campo fértil para infinitas manipulaciones que nadie está dispuesto a reconocer. En el fondo, el problema es que aunque lo niegue, cada uno se siente el centro del universo. Y hay una enorme incapacidad de poder levantar la cabeza y ver, registrar, reconocer al que tenemos enfrente…
El discípulo procesaba aquellas palabras sin atinar a decir algo. El Maestro prosiguió.
-A cierta edad tomamos conciencia que nuestras conductas y pecados se estructuran. Que por más que las cambiemos, regresan. Son parte nuestra. Nos enteramos que la botonera de nuestro control tiene varias teclas que no funcionan.
-¿Y entonces?
-Hay que buscar más profundo, aceptando con amor como somos.
-¿Individualistas, manipuladores, egoístas?
-Tenemos que aprender a ser capaces de ver eso con ternura. Como son características que no nos gustan, las tapamos, las negamos. Pero están ahí, agigantadas detrás de nuestro rechazo. Si en cambio, pudiéramos verlas, reconocerlas con misericordia, ponerle palabras, estaríamos mucho mejor.
-Desaparecerían…
-Eso no lo sé. Probablemente no…
-¿Y entonces?, -protestó el discípulo.
-Es que aceptar algo para que cambie es no aceptarlo en absoluto. Es como si fuéramos inversores: pongo esto, para cobrar aquello. Y la vida no es un negocio. Es otra cosa.
-La verdad es que a esta altura ya no sé qué cosa es…, -dijo el discípulo con cierta resignación.
-Eso es bueno. Peor sería tener una definición clara de lo que es. Así hay espacio para el asombro, el aprendizaje, la gracia.
-¿A qué te referís con la gracia?
-Que la vida es un regalo. Todo lo más importante nos viene dado. Por supuesto que nuestro esfuerzo es importante. Pero nunca al punto de confundirnos y creer que el universo gira gracias a nosotros. La mayoría de las personas estamos convencidas que nuestra propia vida funciona gracias a nuestro empuje.
-¿Y no es así?
-Definitivamente no. La vida sucede. Y la creencia de que somos tan importantes nos hace mucho daño. Nos presiona mucho llevándonos a creer que podemos hacer cosas que no somos capaces, lo cual nos frustra enormemente. Hay muy poca comprensión, y mucho esfuerzo para tratar de llevar adelante ideas…que suelen ser equivocadas. Por eso algún sabio dijo: “quiero más misericordia y menos sacrificios…”
El discípulo se emocionó al escuchar esa frase.
-Esas palabras ton tremendas…
-¿Por qué?
-Siento que mi vida está llena de sacrificio, y que tengo muy poca misericordia. Para conmigo mismo, y obviamente para con los demás.
-¿Y por qué creés que eso es así?, -quiso saber el Maestro.
-No lo sé.
-Debés estar convencido que tenés que “hacer” tu vida. Y la vida no es algo a “hacer”. Sucede. Es gracia. Solo podemos ir eligiendo entre los senderos que nos va presentando, aquellos que tengan más que ver con quienes de verdad somos. Y cuando nos damos cuenta que extraviamos el camino, que nos hace mal, con mucha delicadeza debemos buscar la forma de retomar a caminos más auténticos.
-Escucharte decir que la vida es gracia es liberador…
-¿De qué te libera?
-De la exigencia de tener que estar empujando todo el tiempo. Que es como yo concibo la vida…
El Maestro sonrió.
-Por otra parte, escucharte hablar de misericordia es como un bálsamo para el alma.
-¿Por qué?, -preguntó el Maestro.
-Porque detrás de mi exigencia hay tanto rigor y desprecio, que la misericordia es algo que puede curar, o al menos tratar bien a mi lastimado espíritu…
El Maestro sonrió nuevamente en silencio, sabiendo que cualquier palabra estaría de más.

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